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Resumen
En una noche tan tremendamente especial, tierna, bonita y mágica como esta, me gustaría dirigirme especialmente a los niños, esos niños entre 0 y 8 años que ya manejan internet con una envidiable soltura y que visitan esta página a diario. Estimados churumbeles: Esta es vuestra noche, disfrutad de estas estupendas horas porque, como ya sabéis, hoy Melchor, Gaspar, y Baltasar, (Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente) visitarán vuestros hogares para regalaros vuestros obsequios, los que de verdad os hacen ilusión, los que habéis pedido en vuestra iridiscente carta. No dudéis de que vuestros deseos se harán realidad, ya que vuestros amigos orientales os quieren de corazón y no escatimarán esfuerzos para que mañana una inmensa sonrisa de oreja a oreja inunde vuestros imberbes rostros, iros a dormir prontito (ya veréis mañana las pelis porno de los canales locales) y simplemente, esperad en ascuas y alborozados la llegada de los magos que, desinteresadamente,os traerán toneladas de ilusión y felicidad.... ¡PUES NO! ¡YA VA SIENDO HORA DE QUE ABRÁIS LOS OJOS, JODER! ¡LOS REYES SON LOS PADRES!!! SI NO ¿DE QUÉ?
Siento ser tan meridianamente diáfano, pero ya va siendo hora de desfacer entuertos cual contemporáneo Quijote. No os dejéis engañar, vuestros padres lo hacen con la mejor intención pero vosotros no podéis seguir chupándoos el dedo y viviendo en la inopia ¿No me creéis? ¿Habéis visto las Cabalgatas de esta tarde? ¿Creéis que esa panda de obesos gozan de la forma física necesaria para recorrerse España de arriba a abajo en una sola noche? ¡Ja! ¡España entera se van a recorrer...! ¡Con esas panzas... en una noche no completan ni el Pasaje Gaiolà! Usad el sentido común y veréis como es físicamente imposible. Siento tener que ejercer este ingratísimo rol de destructor masivo de sueños infantiles, pero es que... alguien tenía que hacerlo.
Y si persistís en el error de no concederme credibilidad, os contaré algunas peripecias que aconteciéronme cuando yo tenía vuestra edad, porque, os lo confesaré, no sois los únicos, YO TAMBIÉN CREÍ QUE LOS REYES EXISTÍAN. Como reza el conocido axioma "En todas partes cuecen habas". En las noches del 5 de enero yo dejaba mis zapatillas en el comedor, preso de la ansiedad por poseer mis juguetes favoritos, ésos que había solicitado en mi breve y concisa misiva (Ríanse ustedes del "Ulises" de Joyce) y durante esa velada intentaba dormir para que no se enfadaran los Reyes Magos, pero todos mis intentos resultaban infructuosos debido al intenso estado de nervios en el que me encontraba sumido cual esposo de parturienta. Debo reseñar que, al objeto de otorgarle una mayor verosimilitud a la historia, en mi casa teníamos a bien ofrecer a los Magos, en respuesta a su deferencia de visitar nuestra humilde morada, un no menos humilde y sin embargo suculento piscolabis, compuesto mayormente por unos taquitos de jamón ibérico, otros tantos de queso manchego, algún que otro cachito de morcilla de Burgos, una botellita de Chivas y un par de Farias. Yo, tierno habitante de esa arcadia feliz que es la infancia, pensaba que si en todos los hogares eran igual de gentiles con sus Majestades, ser Rey Mago tenía que molar un huevo. Pensamiento que se acrecentaba a la mañana siguiente al comprobar que los tres monarcas habían dado buena cuenta del banquete, "Menos mal -pensaba para mis adentros- que los Reyes tenían que recorrer el planeta esta noche y andaban algo apurados, que si llegan a venir desahogaos de tiempo, con tamaña voracidad le quitan el barniz a la vajilla los jodíos". Ese detalle confirmaba fehacientemente dos premisas: A) En algunos remotos países orientales se pasa muchísima hambre. B) Se desconoce si realmente son Reyes, pero Magos lo son por narices, porque a ver quien se va a repartir trastos por ahí tras meterse entre pecho y espalda una botella de Chivas entre tres. Eso es magia y no lo de Tamariz.
Pero como ya os he dicho más arriba, queridos niños, finalmente llegó la ineludible desazón: Una tarde mi madre empezó a hablarme sobre la Navidad, la ilusión y lo bonitas que eran estas fechas para nosotros los niños, la magia de los regalos, la inocencia y una amplia gama de conceptos ambígüos... evidentemente quería decirme algo y estaba divagando a modo de introducción. (Esa es otra lección de vida, queridos niños, cuando alguien divaga, mal asunto. El día que vuestra pareja empiece a hablaros sobre la caducidad de los sentimientos, la inmediatez de los placeres carnales y el sentimiento de culpabilidad, ya podéis empezar a buscaros un buen abogao) Finalmente pronunció la frase definitiva: Los Reyes somos los padres. Tales palabras cayeron como un cóctel de nitroglicerina en mi tierno cerebro. Mi primera pregunta fue algo así como: "En- entonces, el ra-ra... toncito Pérez tampoco existe...! ¡BUAAAAA!" "No, hijo, tampoco existe"... la tarde fue de agárrate y no te menees, mis ojos derramaron lágrimas a mansalva cual caudalosas cataratas del Niágara.
Evidentemente con el tiempo comprendí que en el fondo, esto de los Reyes es una bonita ilusión que todo niño debe tener, por eso, queridos lectores, les deseo que sus Majestades de Oriente no emulen a sus homólogos de la Zarzuela y sean generosos con todos ustedes en lugar de vivir a su costa. VIVAN LOS REYES MAGOS, ¡VIVA LA REPÚBLICA!!
MESCALINO
P.D.: Pronto les hablaré del Ratoncito Pérez, que tiene guasa también. Próximamente glosaremos las excelencias de tan singular roedor. ¡Salud!
NOTA DEL AUTOR: Debido a problemas ajenos a mi voluntad, este artículo, que debió publicarse la penúltima semana de Diciembre, no ha podido publicarse hasta hoy. Mis más sinceras disculpas. FIN DE LA NOTA.
Estas entrañables fiestas que todos amamos tantísimo y que conforman el tiempo-lúdico festivo conocido con el nombre de "Navidades", son un compendio de capitalismo y falta de ridículo que algunas personas saben aprovechar para sacar lo peor de cada uno de nosotros.
Las más privilegiadas mentes en el savoir faire de conseguir que un grupo medianamente elevado de personas pierda la vergüenza y dé qué comentar durante el resto del año son, sin duda alguna, nuestros temidos jefes.
Y es que, desde tiempos inmemoriales, los jefes han escondido siempre un arma que parece, a todas luces, irrechazable: sí, excelsos leyentes, les hablo de las siempre temidas "cenas de empresa".
Todos los años nuestra fe particular nos ayuda a sobrellevar el sufrimiento constante de saber si el corriente hay cena de empresa o no. En general, todo el mundo desea que no haya tal cena, pero inexplicablemente siempre hay algún imbécil dispuesto a organizarlo todo: les hablo, como no, de aquél compañero de oficina que tuvo a bien ser delegado de curso en 8º y que, llevando bastante mal la pérdida de poder tras el cambio de curso, se cree aún con la potestad de imponer su poder a las masas. El tío en cuestión es tan so mierdas que a veces, y para animar el cotarro, hasta se permite el lujo de organizar (a nivel empresa) el absurdo juego del amigo invisible (sí amigos: honorables seres de hasta 60 años jugando a estupideces de niño de teta).
Llegados a este punto, cabe diferenciar dos tipos de cena de empresa: la de los privilegiados cuyo jefe corre con todos los gastos, y la de los mindunguis que tienen que apoquinar hasta la última peseta. Este lance no hace que el desarrollo de la cena difiera en demasía, aunque sí que actúa sobremanera en la disposición de cada uno hacia para con la cena.
Sin saber bien por qué, siempre se deja elegir restaurante al que tiene gustos más exóticos o paranormales, o bien al gay con más pluma de la empresa, y que todos admiran por su cosmopolitismo. Y si no, siempre está aquél compañero de oficina que tuvo a bien ser delegado de curso en 8º y que, llevando bastante mal la pérdida de poder tras el cambio de curso, se cree aún con la potestad de imponer su poder a las masas. En cualquier caso, la cena discurrirá, con toda seguridad, en un local de esos de diseño en los que los platos cuestan como mínimo nueve euros, y que tienen nombres crípticos del tipo "príncipe de los mares en salsa de frutos provenzales" (para los no acostumbrados a tanto lujo: sardinas en aceite).
La llegada al local siempre es una odisea: nadie quiere ser el primero, pero tampoco el último. Nadie quiere elegir silla, pero todos tienen alguien con quien no quieren sentarse. Nadie quiere estar cara a cara con el jefe. Nadie quiere que le atienda el camarero con pinta de idiota. Y sobretodo, nadie quiere hacer el ridículo: parece como si la cena de empresa fuera el baremo principal de las renovaciones contractuales. En cualquier caso, al fin, la cena transcurre con la normalidad propia que acarrea el reunir a un grupo de simios sin puntos en común para deglutir como marranos a costa de otro. Se acaecen las típicas bromitas como echar tabasco en la bebida del vecino, o bajarse los pantalones ante la estupefacción de los camareros. Incluso al final, los chupitos resultan divertidos, sobretodo cuando el inconsciente de turno, que casualmente es aquél compañero de oficina que tuvo a bien ser delegado de curso en 8º y que, llevando bastante mal la pérdida de poder tras el cambio de curso, se cree aún con la potestad de imponer su poder a las masas, le hace un coscorrón al jefe: esta estampa del jefe con un casco de obra al más puro estilo Village People es una imagen que, si bien vale su peso en oro, no va a poder utilizarse durante el resto del año para obtener bonificación alguna. Es lo que tiene ser jefe.
Terminada la cena, la gente intenta escaquearse, pero siempre hay algún imbécil (sí amigos, aquél compañero de oficina que tuvo a bien ser delegado de curso en 8º y que, llevando bastante mal la pérdida de poder tras el cambio de curso, se cree aún con la potestad de imponer su poder a las masas) que propone ir a algún local del moda a tomar unas copichuelas. Adicionalmente, y dependiendo de la clase social de los empleados y de la actividad desarrollada, a las copichuelas se le suman otras sustancias que ayudan a sobrellevar una noche de esperpento sin parangón.
Una vez decidido el local en cuestión (es algo complicado dada la heterogenia de gustos y edades en la empresa, pero siempre se puede confiar en aquél compañero de oficina que tuvo a bien ser delegado de curso en 8º y que, llevando bastante mal la pérdida de poder tras el cambio de curso, se cree aún con la potestad de imponer su poder a las masas), todos se dirigen hacia allí en el medio de transporte más apropiado para cada uno. Los más listos espetan un "nos vemos allí" y desaparecen cual pebroste de la escapada suiza. La mayoría, faltos de tanta imaginación, acuden disciplentes al local, donde beberán, charlarán y bailarán hasta altas horas. Es en estos locales donde se cuecen los mayores rumores que alimentarán la oficina durante el año siguiente. Las informaciones más que correr, vuelan, y no se desperdiciará una oportunidad: que si el encargado de departamento lleva calcetines de colores, que si el chico de las fotocopias roba papel del fax para venderlo en el mercado negro, que si la secretaria del jefe está comiéndole la polla al subjefe de sección ahorita mismo en el lavabo... en fin, chascarrillos sin importancia que hacen del resto del año algo más llevadero.
Como pueden ver, queridos lectores, las cenas de empresa no son algo tan temible como las más fastuosas leyendas urbanas quieren hacerles creer. En cualquier caso, mi consejo es claro: vayan, disfruten y, sobretodo: ¡ni se les ocurra perder demasiado tiempo en el lavabo del local!.
Row.
Últimamente estoy experimentando una curiosa sensación que no sentía desde hacía años bisiestos. En las últimas fechas leer las noticias sobre la nueva programación televisiva que trae consigo el pizpireto año 2005 me produce una ligera sensación de esperanza. Se anuncian programas que (sobre el papel) prometen bastante, aunque está por ver que cumplan las expectativas que me he creado sobre ellos. No me estoy refiriendo a las aventuras de Brito Arceo en el nuevo "Gran Hermano VIP", ni a la "Selva de los Famosos" con la exhuberante Paula Vázquez, ni tan siquiera al esperado retorno de "los Serrano", la popular serie que encumbró a los altares del olimpo musical al gran Fran Berrea. No amigos, les hablo de la avalancha de programas humorísticos que se nos viene encima al objeto de poner una carcajada en nuestras deprimentes noches invernales.
En el corto lapso de tiempo de una semana vamos a asistir al estreno de tres programas de humor, tres. Ayer le tocó a "Splunge", hoy toma el relevo "Buenafuente" y mañana llega "La azotea de Wyoming". Un variado elenco de propuestas destinadas a trocar ese gesto legañoso y decadente que gasta usted tras su árdua jornada laboral en una radiante y jovial sonrisa de oreja a oreja.
El fuego cruzado se abrió anoche en TVE1 con "Splunge", una sucesión de gags cortos en los que interviene Florentino Fernández acompañado por una nutrida representación de componentes del "Club de la Comedia". Tras ver el espacio, una pregunta da vueltas por mi cabeza durante las últimas horas: ¿POR QUÉ TODOS LOS PROGRAMAS DE HUMOR SE RECREAN Y ABUSAN DE LAS TOMAS FALSAS?? Una vez puede hacer gracia, pero es que en el caso que nos ocupa podemos decir que las tomas falsas ocuparon prácticamente más de la mitad del tiempo del show. Nunca he llegado a entender qué extraño mecanismo del cerebro hace que al ver a un artista equivocándose en un gag y estallando en una carcajada cargándose así esa toma del sketch, la gente en su sofá se mimetice en el risueño actor y se revuelque de risa también. ¡No le veo la gracia!, desde que ves el letrero de "Tomas falsas" sabes perfectamente que el tío la va a cagar y se va a reir a mitad del texto. Esto antes no se mostraba a los televidentes por una simple cuestión de pudor profesional, hasta que un día algún avispado rapaz descubrió ese singular chip que anida en algunas mentes humanas y empezó a explotar el filón de las tomas falsas. Les puedo asegurar que llevo un par de lustros observando esa reacción y escuchando el típico comentario de "Joer, estos tíos cuando graban esto se lo tienen que pasar... bufff ¡tela!"... Nunca lo entenderé. Entrando en el meollo del asunto les diré que el programa me pareció aceptable, sin ser ninguna maravilla ni mucho menos... hasta que seguidamente la cadena pública nos encasquetó un programa de Cruz y Raya y en ese momento, por efecto de un sencillo proceso mental comparativo, "Splunge" empezó a parecerme un auténtico hito del humor hispano.
Mañana miércoles vuelve a la tele el Gran Wyoming, muchos andábamos huérfanos de sus sabias palabras desde la controvertida desaparición del célebre "Caiga quien caiga". Esta vez su vuelta tiene forma de "late show" (siempre queda más moderno decir "late show" que llamarlo "programa de variedades", expresión que remite a nuestra psique el recuerdo de las más rancias cupletistas). Poco podemos decir del espacio hasta que lo veamos, la única pequeña objeción que podemos emitir es el infame horario al que TVE ha destinado al señor Wyoming. Cuando se hizo oficial el fichaje del showman la cadena estatal declaró a la prensa que su programa sería encuadrado en la franja horaria de "prime time" (podríamos decir "horario de máxima audiencia" pero siempre queda más moderno llamarlo "prime time" ouh yeah!), pero como podemos ver las palabras se las lleva el viento y don José Miguel Monzón aparecerá en sus televisores los miércoles a la hora en que Cristo perdió la zapatilla.
Por último comentaremos la gran batalla que se cierne en pos de la supremacía en las noches televisivas de nuestro país: Sardá versus Buenafuente. Esta noche Andreu Buenafuente debuta en una cadena de ámbito nacional. Si alguien lee este blog y aún no conoce al interfecto, le recomiendo que le dé una oportunidad. En TV3 lleva ya casi una década ofreciendo un humor de alto calibre. Su nuevo programa lleva por título, en un alarde de modestia, "Buenafuente", no se pierdan sus monólogos ni sus conversaciones telefónicas con la audiencia. No sé cómo se adaptará a las exigencias de Antena3, y también ignoro si el programa valdrá la pena, pero voto por él en detrimento de Sardá. Por muy malo que sea el nuevo espacio, siempre preferiré una apuesta por el buen humor antes que ver a un rebaño de zorras tirándose de los pelos y a Boris enseñando el pinganillo. La única duda que tengo es calibrar la paciencia que tendrá Antena3, ya que, al menos en las primeras semanas, "Buenafuente" va a tener muy cuesta arriba la competencia con "Crónicas Marcianas". Un humorista necesita un cierto tiempo para crear complicidades con su público, y la citada cadena ha dado en reiteradas ocasiones muestras de tener la misma calma y serenidad ante los datos de audiencia de sus nuevas propuestas que la que destilaría José Antonio Camacho intentando abrir el plastiquillo de un CD. Vamos, que me da la sensación de que como esta noche no consiga un mínimo de "share", mañana a estas horas está suprimido de la parrilla. Esperemos que esta vez tengan la paciencia que la empresa merece.
Y ya sin más dilación únicamente recomendarles que estén atentos a sus televisores y que, si su sueño atrasado y sus obligaciones se lo permiten, disfruten con esta supuesta "bocanada de aire fresco" que presuntamente se asoma a la "caja tonta". También les recomendamos que, en caso de que ustedes, selectos lectores, compartan lonja y domo con su pareja o sucedáneos, consagren sus preciados anocheceres a follar cual gorilas en época de apareamiento y tiren de una vez por la ventana la puta televisión.
MESCALINO
La curiosidad es una de las características más comunes en el ser humano, la chafardería y el interés por la vida del prójimo son sensaciones que en mayor o en menor medida, todos hemos experimentado alguna vez en nuestra vida (quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra), pero como en tantos otros aspectos de nuestra existencia, hay distintos niveles. Digo esto a raíz de la lectura de la que es, sin duda, la noticia de la semana muy por encima de menudencias como el Plan Ibarretxe, la lectura de la Constitución Europea (en la que todos estamos totalmente sumergidos) o el plan de exhaustivo rejuvenecimiento del Barça, al contratar a un chavalín con todo el futuro deportivo por delante como Demetrio Albertini (33 añitos tiene), se espera de él que pueda dar descanso a los jugadores que estén más cargados de partidos (en los futbolines del Casal de l´Avi, se entiende).
Todas estas noticias, decíamos, quedan totalmente eclipsadas por la detención de un hacker que se dedicaba a espiar a un montón de gente a través del ordenador a través de sus webcams. Amigos, ¿dónde vamos a ir a parar? Estamos construyendo un mundo tan tremendamente rígido, estricto, cuadriculado y carente de espontaneidad que ya ni tan siquiera vamos a poder espiar a nuestros congéneres en paz. Un montón de preguntas se abren cual displicentes Sésamos: ¿Dónde quedó el aprecio hacia la encomiable labor que realizan los sociólogos en nuestra enloquecida sociedad? ¿Acaso no disfruta el vulgo con los archifamosos "reportajes de periodismo de investigación"? ¿Estamos dispuestos a sacrificar alegremente nuestro irrenunciable derecho a disfrutar de la vida privada ajena, simplemente en aras de un supuesto y tremendamente discutible derecho a la intimidad? ¿Se acabaron los detectives privados? ¿Ha muerto Sherlock Holmes? ¿Mortadelo y Filemón se verán obligados a cerrar su agencia de información? ¿Los cacos camparán a su libre albedrío por ahí? Y si es así ¿Quién nos librará ahora del "Mastuerzo"?
Con todo, lo más grave de este asunto es que desde el "stablishment" imperante se nos quiere camuflar este claro y retrógrado ataque a la sociedad de la información, tergiversando los términos y calificando a este indivíduo (lleno de una inquietud y una avidez cultural elogiables a todas luces) con el término de "voyeur" (vocablo que encierra unas evidentes connotaciones peyorativas).
El "voyeurismo" es un movimiento político-social que propugna la liberación de los instintos libidinosos más primarios del ser humano a través de la autosatisfacción individual incentivada mediante los más variados estímulos visuales, a falta, claro está, de encontrar mejores propuestas de canalización de los flujos orgánicos. Esta corriente (injustamente ultrajada y vilipendiada por los habituales meapilas que se erigen en eternos paladines de la moral) puede ser objeto de multitud de objeciones en la forma, nunca ninguno de sus precursores se ha atrevido a aseverar que ésta sea la panacea ni mucho menos, pero lo que está fuera de toda duda es la nobleza de su finalidad: Saciar al necesitado. Los máximos apologetas del "voyeurismo" han sido Stanley Penthouse (para los interesados en el tema, se recomienda acudir al kiosco a por su último manual (nunca mejor dicho)) y el pensador que dio nombre a tan singular movimiento, como es el ex-ministro de Economía y Hacienda, don Miguel Voyeur (hay días en que uno se levanta inspirado, como pueden comprobar, éste NO es uno de ellos).
Tras esta breve recensión sobre el movimiento voyeur, sólo podemos recomendar al detenido, (un tipo de 37 años, que aún conserva ese brillo salvaje en los ojos que otorga la adolescencia), que no pierda nunca esas ganas de saber típicas de un alumno en su primer día de clase, que no se desanime por esos palos que los poderes públicos le están poniendo en las ruedas de la inquietud, y que soporte esos meses de abstinencia internauta que se le avecinan con una sonrisa en la cara y cultivando otros campos de la vida como la papiroflexia, la filatelia y el deporte (con 37 años y un poco de entrenamiento, con un poco de suerte este verano lo ficha el Barça). Salud.
MESCALINO
Dada esa pertinaz añoranza de los felices tiempos de la infancia que subyace en muchos de nuestros escritos, nos decidimos a crear un tema que tendrá por objeto glosar todos los aspectos de esa entrañable etapa vital. Como ustedes saben, la memoria humana es profundamente selectiva y tendemos a recordar únicamente los momentos felices de cada época, haciendo honores al refranero español, que nos indica sabiamente que "cualquier tiempo pasado fue mejor". No es nuestra intención poner en tela de juicio tan extendido aforismo, pero simplemente preferimos refugiarnos en ese otro axioma de nuestro acervo popular que reza "No es oro todo lo que reluce". Y es que, selectos lectores, no nos engañemos, en determinados intervalos temporales de esa arcadia feliz que es la niñez, quien suscribe llegó a pasarlas muy, pero que muy putas.
Siento ser tan transparentemente soez en esas apreciaciones, pero ¿de qué otra forma cabría definir momentos como las clases de educación física en nuestros años de escuela? No me cabe la menor duda de que si Hitler levantara la cabeza y se propusiera continuar sembrando el mal por todo el orbe, en los sucesivos campos de concentración incluiría como productos estrella un potro, un plinton y una barra de equilibrio. Como los más perspicaces ya habrán podido intuir nítidamente, quien les habla dispone de una movilidad y una capacidad atlética que en ningún caso podría compararse con la de Michael Jordan sin caer en el sonrojo más absoluto. Es por ello, que dadas mis cualidades innatas, las horas escolares destinadas a la gimnasia suponían para mí un marco incomparable de humillación pública ante mis congéneres, donde todas mis carencias quedaban expuestas al escarnio y a la befa de las masas. Para siempre permanecerá indeleble en el disco duro de mi memoria, ese potro, ese inmenso potro mostrándose en todo su esplendor como un bastión inexpugnable... erguido ante mis temerosas y vacilantes pupilas, enviándome telepáticamente el contundente mensaje de "Nunca me pasarás por encima, amigo, y como te atrevas a intentarlo te dejo eunuco". Tras cientos de enfrentamientos directos, debo decir, no sin tristeza, que nunca llegué a superar tan rocoso enemigo.
Pero no acababa aquí el drama, amigos. En nuestro colegio tenían una obsesión rayana en lo patológico con el deporte y similares, y debido a ello, no contentos con la hora de gimnasia, teníamos una hora de natación, mucho más terrorífica aún que la otra... Llegado a este punto, debo dar la razón a los dirigentes de mi colegio, ya que pese a todo, el deporte ha resultado fundamental en mi formación como ciudadano de provecho, ya que ha conseguido llenarme de todo tipo de traumas y complejos de por vida, convirtiéndome en consecuencia en un tipo sumiso y dócil que no representa el menor peligro para el sistema establecido. Como les iba diciendo, la piscina del colegio se fue convirtiendo en un lugar odiado y maldito. El monitor, con el objeto de estimular nuestra motivación y de humillar a una parte de la clase, dividía la piscina en tres "calles", y en cada calle nadaban los alumnos clasificados por grupos formados en base al nivel de destreza natatoria que evidenciaba cada pupilo. Huelga decirles que yo construí una vivienda en la calle 5 (la calle de los proscritos) y nunca logré abandonar esa morada. También recuerdo el horripilante trance de lanzarse a la piscina... durante años sufrí una pesadilla recurrente... soñaba que me lanzaba al agua desde el trampolín, pero en el salto me quedaba corto y me abría la cabeza contra el borde. Cuando esos recuerdos visitan mi mente se agolpan en mi cabeza tragos involuntarios de agua, sudores fríos, humillaciones públicas y constantes, duchas heladas, tensas esperas, agotamiento físico y mental, escalofríos, pesadillas nocturnas.... Amigos, se habla mucho de Auschwitz, pero... ¿y la piscina del cole?.
Nuestro querido colegio tenía a bien obsequiarnos con dos horas de deporte con periodicidad semanal, pero dada su comentada afición al tema, no tenían una ocurrencia mejor que celebrar un día al año, al objeto de honrar a la patrona del centro, un engendro lúdico-festivo-tocahuevos que denominaban con gran modestia "Día de la OLIMPIADA". En este faraónico proyecto deportivo, se enfrentaban las 4 clases de cada curso en todo tipo de modalidades olímpicas. Una vez más con esto se pretendía fomentar la competitividad, la motivación, la deportividad, el sano pique, el resquemor, las pequeñas rencillas, el rencor, el enfrentamiento abierto, la lucha sin cuartel, y finalmente, el odio eterno entre los compañeros de quinta.
El reto deportivo se vivía apasionadamente desde dos semanas antes, todas las paredes del enclave transpiraban ilusión por todos sus poros. Y en esos bonitos días previos a la batalla, las clases, cual sesudos estrategas, destinaban sus mejores hombres para cada especialidad. Como habrán podido adivinar mi nombre siempre era uno de los primeros en aparecer. Sin la menor dilación quien les habla era destinado indefectiblemente a luchar denodadamente contra el manta de turno de la clase de al lado en la delegación de dardos, parchís, ajedrez o -la mejor de todas- PELAR CROMOS. Durante años, formar parte del equipo olímpico de pelar cromos supuso para mí un inmenso alivio al quedar de esta forma liberado de la tortura de participar en salvajadas como natación, lanzamiento de balón medicinal, judo, balón-tiro o tracción de cuerda. Para los que no conozcan tan singular modalidad olímpica, (que incomprensiblemente aún no ha sido reconocida por el Comité Olímpico Internacional), su práctica consistía en colocar unos cromos de aquellos típicos de futbolistas de aquella época, con la foto del cromo hacia arriba. El intríngulis era propinar un golpe seco con la palma de la mano en la superficie central del cromo a fin de que éste, tras un brevísimo garbeo por los aires, regresara a la mesa cayendo con la jeta del jugador hacia abajo. Como árbitro de la contienda, teníamos al lado a un profesor que dictaminaba la legalidad de los golpes al grito de "¡Pelada!". El vencedor del combate era el que a la postre se anotaba más peladas en su haber. Tras años y años de práctica, al final adquirí una enorme destreza en el arte de la pelada. La verdad es que descubrí una fuerza interior en mí no había sido hallada hasta la fecha (la verdad es que doy fe de que ver un cromo con una foto de Buyo y poder darle una hostia en la boca puede convertir al más célebre "tirillas" en el increíble Hulk). En resumen, el noble arte de pelar cromos se convirtió en mi vocación deportiva más recurrente y con el paso del tiempo las peladas se convirtieron en el remedio comodín ante mis múltiples carencias y fracasos en muchos otros campos. El recurso a las peladas como tabla de salvación se convirtió en una constante en mi vida.
Sin embargo debo reconocerles que con los años he comprendido las bondades del deporte y he valorado la belleza de la competitividad en toda su plenitud. Les puedo asegurar que es un placer de dioses disfrutar de un vibrante partido de la NBA en el sofá de casa saboreando un Jack Daniels con hielo. Y es que, amigos, el deporte es la salud.
MESCALINO
Tras la extraña regresión en el tiempo que experimenté recientemente al rememorar los trágicos episodios en la piscina del colegio, esos felices años infantiles han seguido revoloteando por mi cavidad craneal, y entre vacunas, parvularios, plumieres y rotuladores "Carioca" ha aparecido ese mítico y único momento en el que un halo de luz iluminó mi anodina vida... ese instante en que la felicidad entró en mi vida dispuesta a instalarse para siempre junto a mí y en el que el barbilampiño infante que era un servidor en esos años halló para siempre un hombro amigo en el que apoyarse en sus momentos de aflicción, una auténtica guía vital a la que recurrir eternamente en los momentos en los que todo fallase. Ese punto de la existencia en el que puedes mirar a Dios cara a cara.... No, amigos, se equivocan, no pienso hablarles de mi primera paja. Simplemente les hablaré de mi primera Comunión.
Ese sublime momento (la Comunión, se entiende) sobrevínome a la tierna edad de 10 añitos, mientras nuestra famosa quinta del 76 cursaba cuarto de E.G.B., lo cierto es que a pesar de nuestra corta edad, todos estábamos esperando el acontecimiento desde tiempos inmemoriales, todos nosotros, cual clones masculinos de María Magdalena, estábamos tremendamente ansiosos por comer el cuerpo de Cristo. Desde tiempos pretéritos nos venían hablando desde todos los frentes con lo maravilloso que sería nuestro encuentro con el Señor y lo mucho que cambiarían nuestras vidas al recibir su envolvente cariño, y lógicamente nosotros ardíamos en deseos de que eso se produjera, básicamente para tener al fin en nuestro poder ese valioso Spectrum que nos habían prometido en casa para cuando hiciéramos la Comunión y poder derrotar al fin en uno contra uno al inexpugnable Fernando Martín (que en gloria esté).
Lógicamente, un evento de esta trascendencia requiere de una exhaustiva preparación de varios meses, un encuentro en línea directa con el Sumo Hacedor no es moco de pavo y no se puede celebrar así a tontas y a locas. Con lo cual, nuestros nunca bien ponderados profesores nos fueron introduciendo poco a poco en temas de esta índole. Primero nos iniciaron en el singular sacramento de la confesión. Para los lectores que vivan inmersos en pecado les comentaré que dicho sacramento consiste en presentarte ante el confesionario (una especie de kiosco o de cabina de la ONCE, pero con un prelado en su interior), arrodillarte reverencialmente y contarle a su dependiente la parte más morbosa e interesante (disculpen la redundancia) de tu vida. Como ustedes comprenderán, a unas edades tan tempranas nuestros pecados no eran de un escandaloso empaque, en nuestro amplio elenco de compañeros no se encontraban violadores, depravados ni asesinos en serie, únicamente éramos UN ATAJO DE CABRONAZOS. A continuación escenificaremos una posible confesión estándar:
Confesor: Ave María Purísima
Yo: Estoo... s- s- sin pescado concedida
Confesor: Hijo, cuéntame tus pecados
Yo: P-p-pues verá Padre, a veces no obbedez-co cuando me llaman para comer, a veces no estudio y saco malas notas, mire usted por donde. Algguna vez, pocas ¿eh? contesto mal a mi abuela, chillo mucho... pero soy bueno en el fondo
Confesor: Bueno hijo, todo eso está muy bien pero ¿Cómo llevamos el pecado de la carne?
Yo: (colorado) Pues bastante bien (Porca miseria)
Confesor: ¿Has pecado con chicas?
Yo: No Padre, no hay forma humana
Confesor: (Subiendo su nivel de expectación hasta límites estratosféricos) ¿Y con chicos?
Yo: No Padre
Confesor: ¿Y... contigo mismo? (poniendo una cara como de decir "¡Te cazé, gorrión!")
Yo: B-b-b-bueeno, hay vecesss, no mucho ¿eh? pero ¿se refiere usted a..? C-creo que hubo una noche... bueno, u-u-nas cuantas ¿m-m-me pregunta por...?
Confesor: Ya me entiendes hijo
Yo: (En un efímero ataque de valor) SÍ, PADRE, ME LA CASCO CADA NOCHE
Confesor: Tienes que vencer esas tentaciones del diablo, son pruebas que tenemos que superar si queremos acceder al Reino de los cielos. A veces te costará, pero piensa en la recompensa que supondrá para tí acceder al Paraíso. Reza un Padrenuestro y un Avemaría
Yo: Y cuando ya esté en el R-R-Reino de los cielos ¿ya podré cascármela tranquilo?
Confesor: ¡Reza diez Padrenuestros y ocho Avemarías!
Yo: Entendido Padre
Confesor: (entrando en una especie de trance raro cual Carlos Jesús transfigurándose en Cristopher) Yo te absuelvo bla bla bla brrrrrr..... (nunca llegué a entender lo que murmuraba)... puedes ir en paz
Yo: Gracias Padre
Tras este ritual yo me encaminaba hacia un banco de la iglesia donde cumplía sin rechistar la penitencia impuesta por el pontífice. Esta escena se repitió unas diez o doce veces con algunos ínfimos matices de diferencia entre una y otra.
Y seguidamente, vivimos un intenso año en el que todos asistimos a un cursillo que se componía de un gran número de profundas sesiones de catequesis que dejaron en mí una huella totalmente indeleble. No obstante, me van a perdonar que no haga la más mínima referencia a ese cursillo porque les puedo asegurar que no recuerdo absolutamente nada sobre él.
Pero al final llegó el gran día, aún recuerdo esa entrada al salón de actos del colegio, en ese escenario que tantas incipientes estrellas musicales ha visto nacer, en ese marco incomparable que tantas representaciones de clásicos de la literatura ha acogido en su seno (Recuerdo mi debut como actor representando a Miguel de Cervantes en una representación del Quijote en un festival de fin de curso con 7 añitos), transformado en imponente templo, donde al fin recibimos la segunda Hostia, (la primera la recibimos el día que supimos lo de los Reyes Magos). Recuerdo los iluminados rostros llenos de felicidad e ilusión de todos mis compañeros, también me vienen a la memoria las alegres canciones que cantábamos alborozados al objeto de dar realce a los innumerables vídeos de recuerdo que gestábanse a esa hora. Quien no recuerda el hit de los 80 "Taaan cerca de míí, ¡aleluya! Taaan cerca de mí, ¡aleluya! queee hasta lo pueeedo tocaar, Jeeesús está aquííí"... Ya saben la proverbial melomanía consustancial a todo este tipo de eventos. Durante los días previos al evento se había corrido el infundado rumor (no recuerdo su origen) de que la Hostia Sagrada no se podía masticar porque era como morder a Jesucristo. Con el tiempo he llegado a la conclusión de que esa infamia partió de los encargados de filmar la ceremonia, a fin de conseguir unas escenas cómicas impagables al grabar un primer plano de todos nosotros poniendo una graciosísima cara de sapo con flemones al congregar.
A día de hoy, ese gran día perdura en todos nuestros corazones, básicamente gracias a las cintas de vídeo donde registramos tamaña epopeya. A pesar de mi habitual reticencia a visionar escenas tan pretéritas, he de reconocer que con el tiempo le he hallado una gran utilidad al film. Es un magnífico ahuyentador de visitas no deseadas, cuando te llama una familia "¿Qué tal os va si venimos el domingo a comer?" basta con decir "¡Perfecto!, además en el café os pondré el vídeo de mi comunión que nunca llegásteis a ver"... Mano de santo, oigan. Si Zipi y Zape hubieran hecho la comunión, los Plómez nunca hubieran accedido a la popularidad. En resumen y para finalizar; en ese bonito día, Nuestro Señor nos dio su primera Hostia, a partir de entonces... HA SIDO UN NO PARAR.
MESCALINO